
Acuérdate llevar una muda de ropa, donde vamos la vas
a necesitar..... me dijo (en tono burlón), nuestro amigo y compañero de
pesca, Manuel Silva, cuando reunidos en su casa programábamos un día de
pesca, en los manglares.
El destino, sería Espavé, pequeña comunidad que
bordea la carretera interamericana hacia el sector oeste de la ciudad
capital.
De gente humilde, trabajadora y de gran sentido del
humor, es Espavé, una tierra bendita, fértil y por ende provechosa para
sus habitantes.
Es típico ver al bajar Cerro Campana, pasado el
Distrito de Capira, a los lugareños vendiendo en improvisados ranchitos
de bejuco y penca, la no muy usual concha negra, a la que se le asocian
poderes afrodisíacos y de acuerdo a la época, los sabrosos guandúes en
gajos, y los muy refrescantes marañones y tamarindos.
Espavé, se caracteriza por la venta de largas varas
conocidas con el mismo nombre y que son especialmente utilizadas para la
construcción de frescos y muy interióranos ranchitos. Las varas de
Espavé, son extraídas del manglar y en un laborioso trabajo bajo el
inclemente sol de la costa, los niños a su muy corta edad, colaboran con
sus Padres " pelando " los extensos maderos, golpeándolos con
rústicos palos, hasta despojarlos de su áspera corteza. ¿Cuánto ganas
por tu trabajo?, inquiría a un niño de nos más de 8 años de edad; B/.
0.10 centavos, Señor, a la vez que golpeaba con su fuerza de infante, lo
que sin duda era una acción propia de hombres.
Y es que la vida en el campo impone el trabajo duro, la
falta de oportunidades y el procurar los pocos y cada día más difíciles
ingresos para la subsistencia, obliga necesariamente a redoblar mediante
la mayor participación familiar, el poder hacerse de algunos reales para
cubrir a duras penas, las necesidades básicas, no siendo precisamente la
educación escolar una de ellas.
La producción de carbón de mangle, ha venido a
solventar un poco el limitado ingreso familiar; los expertos carboneros,
mediante técnicas tradicionales trasmitidas por generaciones, reducen el
característico mangle de la región, hasta convertirlo en carbón, luego
de cumplir un largo proceso de combustión incompleta de la madera, la
cual es introducida en hornos de tierra llamados carboneras, que una vez
encendidos permanecen humeantes por varios días, hasta resultar el
producto que luego es ensacado para su comercialización al por menor.
Producir el carbón de mangle, resulta agotador al
final de la jornada, la cual inicia al despuntar el alba, cuando los
hombres, equipados con sierras, hachas y machetes, se introducen por el
cauce del manglar, utilizando pequeñas embarcaciones de madera llamados
" bongos " o " pangas " que impulsadas por viejos y
adaptados motores fuera de borda, alcanzan largas distancias en búsqueda
del escaso recurso, pasando inclusive varios días, tan solo amparados por
improvisados jorones cubiertos de humo durante toda la noche, para alejar
el molestoso Jején, la ponzoñosa Chitra y el irritable zumbido del
zancudo.

Preparados para esta nueva experiencia y vistiendo a
recomendación de Manuel la ropa más vieja del armario, partimos hacia la
nueva aventura ansiosos por la pronta llegada.
Allá, nos esperaría quien sería nuestro guía por
los esteros de agua salada, Eulalio Rodríguez, "culo 'e hueso",
( así le decimos por lo flaco), diseñador de sus propias " arañas
" una variedad de señuelo o engañadora para peces consistente en un
plomo alargado de unas tres pulgadas que muestra totalmente descubierto y
sin disimulación alguna, dos anzuelos del Nº 9. La plomada brilla bajo
el agua al ser raspado el metal, atrayendo con sus movimientos hacia
arriba y hacia abajo, especies como corvinas, róbalos y meros
principalmente.
Rápidamente descubrimos el porqué de la insistencia
de nuestro amigo Manuel Enrique, de portar la ropa más vieja para esta
pesca en particular, y es que solo es posible accesar al bote y salir a
aguas profundas con marea alta, de lo contrario, es imposible con la seca
mover siquiera el pesado casco de madera, a efecto de la pesada y
maloliente " lama " especie de cieno o lodo residual que te
absorbe hasta las rodillas o más desde el primer intento de caminar sobre
él.
Ese día, la marea estaba seca y tendríamos
necesariamente que adentrarnos a través de la lama, con todo el equipo de
pesca y el pequeño fuera de borda de 6 caballos de fuerza, ya que no
habíamos considerado este detalle importante de Espavé.
El caminar entre la lama, resulta para quien no ha
tenido la " desagradable " experiencia, peligroso, ya que
producto del reflujo de las mareas son sepultados una gran cantidad de
esqueletos espinosos de peces, que son dispersos por los propios
pescadores y los Mapaches, que tranquilamente merodean por la orilla del
enramal, buscando su alimento, sin que se vea alterado por nuestra
presencia.
Entre bromas, jején, zancudos, un calor de sauna y un
cuerpo impregnado de repelente inocuo para los insectos, nos fuimos
acercando a la pequeña embarcación que como un oasis nos esperaba
gratificante a nuestro más que esfuerzo, ganas irresistible por sentir
unos de esos enormes pargos manglateros.
Como de seguro ustedes, amigos lectores harían lo
mismo, fui el primero que se subió al bote, claro, con las piernas afuera
atestadas de la pegajosa lama negra y el reclamo de los compañeros, ya
que aunque habíamos llegado a la embarcación, quedaba todavía un
esfuerzo adicional, empujarlo por encima del lodo que ya nos llegaba casi
a la cintura, hasta el pequeño flujo de agua de no menos un pie de
profundidad, que sería suficiente para su flotación.

Ya sin mis zapatos de agua ( habían quedado atrás
bajo 2 pies de cieno ), no tuve más remedio que volver al fango y empujar
y empujar aquel desteñido madero, hasta hacerlo en aguas más profundas y
claro, luego después quien creen que quedó primero que los demás arriba
y muy bien sentado en el bote? ¡ Adivinaron !
Partimos así, bajo un sol recalcitrante enrumbando el
navío hacia la Bahía de Chame, a un punto que Eulalio llamaba " el
canalón", que según nos decía era en otrora, paso de feroces
Tintoreras y Tiburones, que entraban al igual que los Meros gigantes,
cazando con la creciente, abundantes cardúmenes de peces y cuanta especie
se le topara en su camino, inclusive pescadores que accidentalmente caían
al agua para no sobrevivir.
Hoy, son las redes o trasmallos los que han cambiado la
historia, no solo alejando a los depredadores naturales hacia aguas
profundas, sino que también se ha visto mermada la incursión de peces en
gran medida, afectando a muchos pescadores artesanales ( de pesca con
carnada ), y con ello la pesca deportiva de propios y extraños con
gravísimas consecuencias para el sector terciario y para la economía de
la región.
Ya frente a los bancos de arena, que advertían el
poder quedar varados al mínimo error, avanzamos lentamente no sin antes
dar paso a la vieja, oxidada y ruidosa barcaza de acero, extractora de
arena, que no perdonaría a quien sintiéndose osado, se interpusiera en
su rutinario paso por el Canalón.
El Canalón se mostraba luego de la irrupción de la
" Bacha " arenera, apacible, pero tenebroso; sus aguas, de color
gris oscuro, casi negras, nos recordaba los cuentos del camino, el de las
Tintoreras y Tiburones....." Aquí, fue aquí ( decía el viejo
pescador), donde una vez se atrevió a tomar mi " araña " un
Mero, gigante, un come hombres "..... Eulalio acostumbra a pescar en
un pequeñísimo y frágil botecito, de no más de 5 pies, el que con un
solo remo, recorre kilómetros de distancia enfrentando corrientes,
vendavales y fuertes oleajes....." " .....desde niño junto a mi
papá, recorrí estas mismas aguas, me conocen y nos respetamos...."
continuaba diciéndonos, sin dejar de externar un aire de superioridad, lo
cual era claramente entendible, pues él y su fiel botecito de remo
habrían enfrentado seguramente el miedo en alguna ocasión y el Mar tuvo
que darle el reconocimiento a su valentía.
Como aún faltaba subir más la marea, nos adentramos
al estero y atados a uno de los juncos de la enramada, ensartamos el
anzuelo del Nº 9 a un camarón de los tarrayados previamente por Eulalio.
Nuestro sedal, de 20 Lbs, ligeramente plomado, nos permitiría efectuar un
lance corto desde la orilla.
Nuestro experimentado Guía, nos recomendó un
protector para el dedo, el "dedal " no era comercial, como mucho
de sus implementos, era de fabricación casera, consistente este en un
pedazo de tubo muy delgado de bicicleta.
Es mejor que te lo pongas, tras continuar con sus
historias de pesca impresionantes.
El Pargo Manglatero, es de color rojizo ocre, sus
dientes resaltan puntiagudos y filosos, siempre dispuestos a despedazar en
segundos como pirañas, su principal alimento, la carne.
Poco tiempo transcurrió cuando ya el Maestro probaba
la descomunal fuerza de estos animales acuáticos, su cuerda se templó
violentamente provocando un singular sonido que salpicó el agua. En un
rápido movimiento de muñeca, Eulogio retaba con su destreza la acción
escapatoria del pez. Pero poco tiempo fue suficiente para conocer al
vencedor, el pargo luchó por su vida hasta el último momento, pero ante
un pescador experto como Eulalio, difícil sería liberarse aún ante la
cuerda más delgada.
El Pargo, agotado y " boyando" al costado del
bote, se rindió a la vida, digna fue su batalla, pero la Ley del más
fuerte se impuso y con un rápido tirón, el enorme pez de unos 3 kilos y
medio quedó dentro de la embarcación, finalmente.

Así pasaron las horas hasta el momento de probar las
" arañas " en el canalón, nuestra técnica capitalina, más
sofisticada o especializada no hizo merma a la técnica tradicional de
Eulalio, la cual se impuso a nuestros costosos equipos.
Luego de cuerdas reventadas, trabadas en el fondo,
anzuelos doblados y carnadas robadas, diría que no nos fue " tan mal
", ya que también dimos cuenta de algunos buenos pargos manglateros
de Espavé.
Dejemos los pargos, nos dijo el " viejo ",
vamos por las corvinas, ya es hora.
Demoramos poco en llegar, y no éramos los únicos,
cerca de cuatro botes se preparaban para lo que sería una pesca rápida
ya que dependíamos de la marea para regresar.
Puestos como en fila india y con el motor apagado, el
bote adquirió una posición ladeada, y dejándonos llevar por la suave
corriente, comenzábamos a pescar con nuestros señuelos conocidos como
" arañas ".
Fue al pasar cerca de una enramada sumergida, que
según nos advirtió nuestro Guía le ha cobrado muy buenas " arañas
", que sentimos todos a la vez la intensidad de un pique de lo que
sin duda sería una buena presa. Como si fuera una enorme y pesada piedra,
el animal buscó la profundidad del agua a la vez que recobrábamos la
cuerda, ¡ dale ! ¡ dale !, gritaba Eulalio… es una corvina !!! nos
decía.
Efectivamente, la experiencia permite al pescador
descifrar o distinguir de acuerdo a la mordida y al comportamiento una vez
atrapado, que tipo de pez es y este sin duda era una Corvina.
Era una escena inolvidable, grandes corvinas de 4 kilos
saltaban ya en el bote, otras se soltaban en el aire, en los intentos de
llevarlas a bordo, inexplicablemente, se liberan como si escupieran el
anzuelo.

Al final del canal, se encendía nuevamente el motor
para ponernos en fila y continuar arañando por todo el estrecho y era
exactamente en el mismo punto, donde parecían concentrarse estos peces y
todos inclusive los demás pescadores aprovecharon el efímero momento.
Algunos róbalos se sumaron a la tarde, cuando llegó
el momento de tomar una decisión IMPORTANTE! o continuábamos pescando
con la consecuencia de perder la marea y embarrarnos nuevamente de lama
hasta la cabeza y cargar con todo el equipo cansados y asoleados o
regresar y terminar el festín en su mejor momento. Sí, esa fue
precisamente nuestra decisión, amigo lector, NOS QUEDARÍAMOS PESCANDO !
!
Nuestro anfitrión pelo sus ojos y nos dijo muchachos
¡ ustedes están locos!, pero bueno, así somos nosotros los pescadores,
locos por la pesca, sin mediar consecuencias o riesgos.
Pero, no sabemos que oración o conjuro mentalizaría,
que repentinamente la pesca se paró, no picaban ni los mosquitos y se
vino un " palo " de agua con rayos y relámpagos que nos obligó
a regresar.
Y así, amigos lectores, entre pargos manglateros,
corvinas, róbalos y un silencio sepulcral por el cansancio, enfilamos el
rumbo hacia el muelle, con el deseo irresistible de regresar un día de
nuevo, a Espavé.