Hace
menos de 24 horas me encontraba junto a un amigo en un lugar que debe
ser lo más parecido al paraíso de los pescadores. En el sur de Chile,
en el lago Tagua Tagua.
Este
lago se encuentra en la Décima Región de los Lagos, relativamente
cerca de la ciudad de Puerto Montt.
Rodeado de montañas, sus aguas verdes desembocan en el Río
Puelo, que unos kilómetros más abajo desemboca en el Estuario del
Reloncaví.
Instalamos
nuestro campamento a orillas del lago, entre un bosquete de arrayanes,
ulmos y coihues. Ni una sola nube en el cielo. Simplemente perfecto.
Hace pocos meses se inauguró un puente que permite acceder en vehículo
a ese lugar, que antes era solo privilegio de quienes pudieran costear
su estadía en un exclusivo hotel.
Correntadas,
aguas quietas, remolinos, para todos los gustos. Solo se necesita
paciencia para gozar del esperado pique.
A
las 5:45 de la mañana enfilé hacia el río con la esperanza de atrapar
alguno de los míticos especimenes de hasta 15 kilos que a veces
favorecen a algún “suertudo”. No había viento. La luna llena caía
sobre las montañas y al otro costado los primeros rayos del sol
alumbraban los cerros nevados.
No
pasó nada. Busque muchos lugares donde deberían haber estado los
peces. Arrojé al agua ninfas, streamers, secas...todo el arsenal. Ni un
solo pez se dignó a seguir alguna de mis moscas. En la superficie, a
media agua, profundo, nada...Dice un amigo que cuando el lugar es muy
lindo, lo más probable es que no haya pique, porque si no significaría
que uno está muerto y llegó al cielo.
Cerca
de las 8 de la mañana, cansado de enredar anzuelos en los arbustos,
hice un alto para tomar un reconfortante café. A las 9 realicé un
cambio de estrategia. La pesca sería embarcada. Con Alexis, uno de mis
compañeros, nos subimos al pequeño bote de madera y partimos hacia
unas prometedoras totoras donde seguramente estaba lleno de salmones.
Nuevamente moscas al agua, arrastre, profundidad, superficie...nada.
Pero
la perseverancia en esto de la pesca tiene sus recompensas. Nos
acercamos a las paredes de roca que flanquean el río en esa parte y de
pronto, zazzz. Una truchita encaró hacia una ninfa de pelo de
liebre...un par de cabezazos y se fue hacia las profundidades. Renacidas
las esperanzas fuimos afinando la técnica. El bote de desplazaba a la
deriva a unos 5 metros de la pared de roca, bajo los árboles...cortos
lanzamientos hacia la orilla.
De
pronto Alexis tuvo un lindo fario tomado de su anzuelo...Se fue...
Pero
algo sacamos en claro, a pesar de ser cerca de las 11 de la mañana, de
la claridad del agua y del sol radiante, las truchas estaban comiendo en
la superficie.
Al
fin, después de toda la mañana, tuve una preciosa arcoiris, de no más
de un kilo y medio tomada de una ninfa de pelo de liebre, anzuelo 10.
El
corazón agitado, la adrenalina corriendo por cada uno de mis capilares.
La primera pieza interesante de la temporada y las ganas de regresar el
próximo fin de semana.
Moralejas:
·
Cuando hay suficientes
ganas y paciencia, siempre hay un pez que toma tu anzuelo.
·
Si el paisaje es
maravilloso, con truchas es perfecto.
·
Aunque el sol esté en lo
más alto, siempre existe la posibilidad de pique, aún cerca de la
superficie.
·
Siempre busca la vegetación:
bajo los árboles, entre las totoras, entre las algas...te espera alguna
sorpresa.