Hace
unos años, no muchos, descubrí un lugar mágico. Buscando buena pesca y
lanchas chilotas que fotografiar, llegué hasta Hualaihué, una pequeña
aldea de gente de mar ubicada al sur este de Puerto Montt.
Lugar de encuentro entre el río Cisnes, con sus aguas cristalinas
y el seno del Reloncaví.
Ya
a unos kilómetros del villorrio, no puedes dejar de ver el Cerro La
Silla. Una meseta construida por poderosos cíclopes de manos de hielo,
que esculpieron el suelo hace miles de años.

Eran
días de febrero, calurosos y de luminosidad intensa. El cielo azul. El
mar lejano como un mecánico reloj de agua golpeaba la costa, con sus olas
blancas y verdes. Viento sur.
La
pesca no fue muy buena, pero
algo ocurrió que les quiero contar.
Al
tercer día de campamento, aburrido por la ausencia de peces, el
magnetismo de La Silla me atrajo hasta sus faldeos. Desde allí comencé
el ascenso, guiado por los hijos de una señora que gentilmente me dejó
acampar en sus terrenos y una amiga de éstos. Escaleras de madera
empotradas en la roca viva, senderos oscuros entre matorrales. Y de pronto
una oscura laguna, rodeada por coihues, ulmos y colihues. Completamente
inaccesible por sus costados lodosos. Las libélulas y los mosquitos
volaban sobre el espejo de las aguas, rasgándolo de vez en cuando.
Cientos de ninfas jugueteaban bajo la superficie. Urbano como soy, sentí
un gran de recogimiento ante tanta paz, la que poco duró. Lanzamos
piedras, palos. El espejo se quebró y continuamos el ascenso.
No
se pueden imaginar la vista existente al caminar junto a esos
desfiladeros. La cordillera, el valle, el río, las casas.
Aún
faltaba un trecho para llegar a la cima de la meseta, cuando comencé a
sentir frío en la espalda. Un frío intenso como no había sentido antes.
Me faltó el aire y un extraño temor me envolvió. El viento sur se
transformó al instante en un furioso viento norte, que trajo de la nada
un cielo gris que lo cubrió todo. Empezó
el retorno y antes de media hora llovía a cántaros. Corriendo llegamos
al campamento. Todo estaba mojado.

Nuestra
anfitriona, una señora de unos cuarenta años, se compadeció y me invitó
a su casa para cocinar y protegerme del viento y de la lluvia.
-
Parece que subieron al cerro hoy- dijo al calor del mate.
-
Si, ¡que lugar más lindo!
-
Parece que tiraron piedras a la laguna- dijo después de un segundo
sorbo.
-
Si, lo pasamos muy bien.
-
Parece que enojaron al Piuchén- dijo después del tercer sorbo.
-
¿Quién es el Piuchén?- pregunté, pues a pesar de creer que sabía
bastante de mitología, nunca había escuchado ese nombre.
-
Dicen los antiguos que vive en el cerro, que lo cuida, que se esconde en
la laguna y que cuando la gente sube y le tira piedras, se enoja y hace
llover-
-
¿Y cómo es el Piuchén?-
-
No se, nunca lo he visto- dijo con una sonrisa pícara mientras ponía azúcar
al mate y lo llenaba de agua.
-
Pero cuénteme- le rogué.
-
Dicen los antiguos que es como un culebrón, que tiene alas y a veces
puede volar, pero casi nunca lo hace porque prefiere estar escondido en el
monte-
-
Del Culebrón si he escuchado historias, pero del Piuchén nada.
-
No, no es el Culebrón, ese es más chico. El Piuchén es grande y
poderoso. Imagínese el sol que había hoy y como se puso a llover...Esa
es cosa del Piuchén.
No
le pude sacar más palabras al respecto, pero esa noche en mi cabeza
circularon sueños de dragones, serpientes emplumadas y otras historias de
lejanas latitudes.
No
se olviden, el Piuchén vive en La Silla, y si lo visitan, no disturben su
sueño, no quiebren el espejo de su laguna.