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Carlos Alberto De Sanzo/ Aníbal
Rubén Ravera
COMO
CRIAR
LOMBRICES
ROJAS
CALIFORNIANAS
PROGRAMA DE AUTOSUFICIENCIA
REGIONAL
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por © 1999.
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2000
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Introducción
Ecología en el hogar
Mucho es lo que se escucha hablar de ecología pero
siempre con el énfasis en cuestiones globales: Efecto invernadero,
agujero de ozono, extinción de especies, etc. ¿Cuál es el alcance de
la toma de conciencia? Pensemos en la radio, la televisión, los
diarios, los parlamentos, los juzgados, los foros internacionales... En
todos ellos se discute, se descalifica, se reclama, se critica, se
censura, pero la mayoría de las veces sin la compañía de soluciones.
Si
cuando se enuncia un problema como la desaparición de las selvas
tropicales o el peligro de la explosión demográfica, no se sugieren
soluciones viables, lo que se genera es contraproducente: angustia,
incertidumbre, temor o simplemente pasividad.
Las imágenes de lugares remotos arrasados por el desdén humano no
contribuyen en nada si no se proponen de inmediato los mecanismos para
que eso que se ve no se repita en el futuro. Pero los problemas que se
muestran son en general grandes, complejos, difíciles y apocalípticos.
En síntesis imposibles para un individuo que reconoce sus limitaciones.
Saber que en nuestra propia casa podemos ser protagonistas de la lucha
para la preservación del medio ambiente puede ser una salida positiva a
la crisis ecológica. Preocuparnos y rectificar rumbos en medio de la
sociedad de consumo es una manera concreta de insertarnos en esta
epopeya del tercer milenio. El secreto de todo es pensar que como los
grandes daños se producen a nuestro alrededor, con una buena intervención
en nuestro entorno inmediato, también estaremos contribuyendo a
disminuir la presión sobre los ambientes silvestres amenazados por el
hombre.
El problema de la basura es grave en todo el mundo. Más de la mitad de
los residuos que se tiran a diario son materias orgánicas, es decir,
restos rápidamente degradables por la naturaleza. Si tomáramos la
decisión de transformarlos en el hogar mediante lombrices rojas
californianas, podríamos sentirnos satisfechos ya que disminuiríamos
la contaminación y la tarea inútil de transportar y depositar en
vertederos cantidades inconmensurables de residuos orgánicos. Este
despropósito malogra, por otra parte, la posibilidad de obtener
toneladas de excelente abono orgánico con el que se podría revertir la
degradación de los suelos de nuestra propia región.
Estamos entonces frente a una solución efectiva pero ignorada para los
residuos sólidos urbanos. La transformación de la basura orgánica en
compost es el primer eslabón de la reducción, reutilización y
reciclado de la basura industrial. Los municipios deben encarar
lucidamente estos dilemas: ¿Lumbricultura o relleno sanitario? ¿Lombrices
o plantas de tratamiento?
Nuestra propuesta es la lumbricultura doméstica y comunal como el medio más
rápido y eficiente para resolver el problema global de la basura y para
recuperar suelos en las zonas urbanas y rurales.
Programa de Autosuficiencia Regional ha distribuido
durante los últimos años
miles de núcleos de lombrices rojas en todo el país iniciando a nuevos
lumbricultores y asesorando a municipios del interior de país.
Este es un camino posible para aumentar la participación
ciudadana y la conciencia sobre el tema, pero sin duda irán
apareciendo nuevas propuestas y sobre todo la decisión política
de encarar el problema desde sus raíces.
La alimentación es el destino
En la historia, la alimentación es el destino. Al salir de la selva para
ocupar los valles y llanuras, el hombre se hizo cada vez más
dependiente de los animales que cazaba. El dominio del fuego, las armas
rudimentarias y el lenguaje son adquisiciones que surgieron ligadas a
dicha actividad.
Este recurso funcionó bastante
bien durante dos millones de años. Luego los alimentos dejaron de estar
al alcance de la mano disminuidos por la sobre explotación y los
cambios climáticos. La relación costo-beneficio en la búsqueda del
sustento se tornó desfavorable. Los cazadores prehistóricos debían
recorrer mayores distancias para obtener un magro resultado. En esta
coyuntura crítica aparece el primer modelo productivo que tuvo la
humanidad con la invención de la agricultura y la ganadería. En vez de
emboscar a las manadas de rumiantes siguiendo sus migraciones
estacionales los
domesticaron. En lugar de viajar por bosques y selvas para llegar en el
momento de la maduración de los frutos aprendieron a cultivarlos.
Las nuevas técnicas mantenían algunos aspectos del nomadismo anterior.
Quemaban un sector del bosque o de la selva y
cultivaban hasta que se agotaba la fertilidad del suelo. Luego se
trasladaban a otro sitio y repetían la misma rutina. Después de
algunos años retornaban al punto inicial, donde la naturaleza ya había
restaurado las antiguas heridas y el ciclo volvía a repetirse.
Esta forma de vida aumentó la tasa de natalidad. Se hizo necesario
emplear más mano de obra para tareas como labrar, regar o cosechar. Los
bosques se talaron para aumentar las tierras de cultivo y por lo tanto
había que ir cada vez más
lejos a buscar leña o llevar los animales a pastar.
Cuando un pueblo que vive de la caza y la recolección comienza a
practicar la agricultura y la ganadería se vuelve más conservador. Hay
una razón lógica: no demanda la misma
dedicación cazar un venado y compartirlo alegremente en torno a la
fogata tribal, que las prolongadas labores del campo.
Se hace necesario el surgimiento
de una organización política, civil y militar para la administración
y defensa del territorio y los graneros.
En la América precolombina los incas llegaron a sostener una población
de más de 30 millones de personas con una agricultura eficazmente
controlada. Tenían una fantástica administración del suelo, agua,
información, y los servicios sociales, superior al de cualquier país
industrializado moderno.
El segundo modelo productivo aparece con la revolución industrial que
trajo consecuencias imprevisibles sobre la cultura, el agro y el medio
ambiente. Los imperativos de la mecanización y el mercado propiciaron
una creciente urbanización con su saga de despoblación rural,
consumismo, y concentración económica.
En cuanto a la creciente expoliación del suelo un hecho importante ocurrió
en 1840, cuando el Barón
Justus Von Liebig, un químico alemán, publicó el ensayo ''La química
en su aplicación a la agricultura y a la fisiología ''. Von Liebig
redujo la nutrición vegetal a la absorción de un mínimo de elementos
imprescindibles para el desarrollo completo de una planta. Se basó en
el análisis químico de los minerales presentes en las cenizas de las
plantas, sin tener en cuenta la materia orgánica ni los complejos
procesos microbiológicos que ocurren en la relación raíz-suelo.
No es casual que fueran químicos y alemanes - Fritz Haber y Karl Bosch -,
quienes inventaran en 1914 el proceso para la fijación catalítica del
nitrógeno atmosférico. Con este artificio Alemania pudo obtener simultáneamente
nitratos para el agro y explosivos para la guerra.
Lo
cierto es que en la naturaleza, la fijación del nitrógeno atmosférico
y su transformación en iones asimilables por las plantas se hace por
intermedio de bacterias, las que obtienen su energía mediante la
oxidación y reducción de compuestos orgánicos. Esto no cuesta nada y
prácticamente la cantidad de nitrógeno fijada por los microorganismos
nitrificantes y la vuelta a la atmósfera por los desnitrificantes se
mantiene constante y equilibrada.
Con los abonos industriales se fija más nitrógeno del que se libera. El
excedente es arrastrado a los cursos de agua provocando el proceso de eutrofiación. Se trata de un drama en varios actos que comienza con
el exceso de nitratos aumentando la población de algas. Al morir, estas
son descompuestas por microorganismos, los que a su vez agotan el oxígeno
del agua durante ese proceso. En el último acto mueren los peces por
asfixia.
Desde el punto de vista económico, la fijación industrial de nitrógeno
resulta un negocio "a lo Pirro". En efecto, el consumo de
calorías para producir un kilogramo de alimento mediante el uso de
agroquímicos supera a los contenidos en el mismo. Hasta ahora este
derroche energético se pudo ocultar gracias a la subvención del petróleo,
un recurso no renovable.
Pero éste no es el único problema. Los fertilizantes químicos y el
monocultivo trajeron un desequilibrio ecológico que transformó en
plagas a poblaciones de insectos, hierbas, hongos y microorganismos que
anteriormente estaban equilibrados. Para controlarlos los científicos
crearon pesticidas químicos sintéticos. Sin embargo, no previeron que
esta intervención favorecería el surgimiento de nuevas generaciones de
insectos genéticamente resistentes. Se inicia un círculo vicioso en el
que se necesitan ahora productos cada vez más potentes que contaminan
la tierra, el aire y el agua.
En menos de cien años el modelo industrial languideció por la misma razón
que los anteriores: sobreexplotación y cambio climático - esta vez
provocado por el propio hombre - 2/3 de la tierra cultivada está
dedicada a 7 u 8 tipos de cereales. Buena parte de esta producción se
destina al engorde del ganado mientras que millones de personas padecen
hambre. Hace falta encontrar un nuevo modelo. Es el momento de recordar
que la naturaleza dispone de un modelo productivo más eficientes que
los ofrecidos por la ciencia y la tecnología. El mismo está basado en
la preservación de la diversidad y la integración de los sistemas. La
agricultura orgánica, la Permacultura y las tecnologías sustentables
serán los logros de la nueva cultura.
Legitimidad
de la agricultura orgánica
¿Por
qué hacer agricultura orgánica? La agricultura moderna intensiva
enfrenta dos graves cuestiones: En primer lugar, provoca una contaminación
del suelo y las napas de agua debido al uso de abonos químicos y
pesticidas. Además, estos productos causan un deterioro de la
estructura del suelo al disminuir su carga bacteriana. Esto lleva a
emplear maquinaria agrícola cada vez más pesada para roturar las
tierras dañadas, con lo que el problema se incrementa y se crea un círculo
vicioso. Por otra parte, el monocultivo, la hibridación y la ingeniería
genética disminuyen la biodiversidad biológica, aumentan la
dependencia económica de los países periféricos respecto a los
centrales y provoca éxodo rural y desempleo.
En
segundo lugar, La agricultura moderna interfiere en la calidad de los
alimentos mediante la presencia de tóxicos en la alimentación y la
ausencia de ciertos nutrientes por causa de una fertilización deficiente.
Las
empresas que fabrican estos productos y las reglamentaciones que
facilitan su uso, sostienen
que la presencia de estos químicos en las plantas es baja y
tolerable por el organismo, o que se trata de sustancias que se degradan
rápidamente en el medio ambiente.
Esto
no es real y hay cientos de ejemplos que contradicen los argumentos
tranquilizadores de las multinacionales químicas. Uno de los más
contundentes es el caso de los organoclorados. Claude Aubert, del
Instituto Nacional de Agronomía de Francia, cuenta que en este país se
realizó hace unos años un estudio cuyos resultados espantaron a las
autoridades y a la opinión pública: el tenor de organoclorados en la
leche de las mujeres era de veinte a cincuenta veces superior al de la
leche de vaca. Esto no es sorprendente dado que, como una mujer se
encuentra en el final de la cadena alimentaria, los pesticidas que ella
va acumulando son eliminados a través de la leche en una cantidad más
concentrada. Esta fue una constatación que, entre otras, llevaron a la
prohibición de los organoclorados en Europa.
Se
desarrollaron a continuación biocidas de segunda generación, los
organofosforados. Se creía que debido a que estos se degradan en pocos
días el problema estaba solucionado. Sin embargo, no
tuvieron en cuenta que estos pesticidas se transforman en
productos de degradación, de cuyos efectos hay un total
desconocimiento.
Los
abonos químicos industriales como el nitrógeno, sodio y
potasio, desequilibran el suelo desde el punto de vista mineral,
ionizándolo de una manera exagerada. Estos iones penetran por ósmosis,
dada su alta solubilidad; la planta los absorbe en mayor proporción de
la que necesita y se desequilibra. Por ejemplo la proporción de nitrato
de la hoja de espinaca sin abono nitrogenado es de 23 partes por millón.
Con un abonado de 30 kg. de nitrógeno por hectárea pasa a contener 420
partes por millón. Esto es inconveniente para la salud del consumidor,
pues los nitratos en un medio reductor (especialmente la cocción) se
transforman en nitritos peligrosos para la hemoglobina de la sangre.
Pero
hay otros inconvenientes: el exceso de potasio en el suelo inhibe la
asimilación de minerales vitalizantes como el magnesio, el fósforo y
la mayor parte de los oligoelementos. La disminución del magnesio en
las plantas que consumimos disminuye las defensas del organismo, y
favorece la aparición de enfermedades graves. La fertilización basada
en materias orgánica y minerales naturales molidos, que constituye el
fundamento del método de la agricultura orgánica, es la única que
puede asegurar a las plantas, y, por consiguiente, al hombre, un
suministro normal de los oligoelementos necesarios.
La
agricultura orgánica se propone, frente a este panorama dilemático e
incierto, como una técnica sostenible y económica a la vez. Se trata
de método de cultivo practicado con éxito en muchos países. Está
basado en la fertilización orgánica viva y en la lucha indirecta, no
violenta contra los parásitos y en colaboración permanente con la
naturaleza. Este método tiene muy en cuenta el medio ambiente (como el
uso de cercos vivos que aumenta la fertilidad de la tierra creando un
microclima favorable) y emplea un conjunto de prácticas como ser el uso
de abonos verdes, lombricompuestos, compost, rotaciones, uso de cultivos
alternados o plantas compañeras. El lema es: si el suelo está sano,
también lo estarán las plantas y los seres que se alimenten de ellas.
Llama
la atención que pese a la excelencia de la agricultura orgánica y su
importancia económica y ambiental, un informe del año 1987 de la
Organización Mundial de la Salud descalificaba irónicamente estas prácticas
considerándola una "fobia química", y un "entusiasmo
sentimental por los viejos tiempos". A continuación este informe
realizaba una revista "necrológica" acerca de la temprana
edad a la que fallecieron sus principales precursores.
Unos
años antes de que se lanzara la Revolución Verde, en la década del
'70, se publicaban artículos en donde se ridiculizaba a los
agricultores que se negaban a utilizar los agroquímicos. Harland
Manchester, en una extensa campaña periodística a lo largo de las décadas
del '60 y '70, en artículos de difusión masiva, como los de la revista
"Reader's Digest," se refirió a los abonos orgánicos
como un mito supersticioso propio de granjeros ignorantes.
En
1970, Borlaug, el padre de la Revolución Verde fue galardonado con el
premio Nobel de la Paz, por su contribución a la selección de cereales
apropiados para la producción intensiva. La propuesta era tomar lo que
servía del patrimonio genético
de un vegetal, trivializando el resto, y por ende empobreciendo nuestra
relación biológica con el medio ambiente. Esta simplificación es
propia de una concepción reduccionista que despoja a los recursos
naturales o culturales de sus variables singulares justificando el
despojo con argumentos utilitarios o altruistas. Con la promesa de un
mundo sin hambre se inundó el mercado mundial con cereales híbridos de
alta producción adictos a dosis crecientes de fertilizantes e
insecticidas sintéticos.
Hoy
hay una situación real que no podemos desconocer: todo este sistema de
producción y distribución
esta basado en un recurso no renovable, el petróleo. Como la tendencia
es el agotamiento de esta fuente energética tenemos que decidir que
sistema de producción elegiremos: o bien nos inclinamos por las utopías
tecnológicas, o bien adoptamos un estilo de vida compatible con el
aprovechamiento integral y sostenible de la naturaleza.
Un
indicador de esto último es posible, es el informe del Departamento de
Agricultura de los Estados Unidos que estima que 100.000 de los 2.1
millones de granjeros están haciendo agricultura sin productos químicos
o están a punto de eliminarlos y este número esta creciendo rápidamente.
¿A
que obedece este cambio? ¿Es otra vez una moda? ¿Es una corriente
filosófica? ¿Es una variación en los gustos del
mercado consumidor? Hugo Castello, biólogo destacado de la
comunidad científica argentina, explica este cambio por la transformación
de la conciencia del consumidor que demanda productos sanos. Esto es
cierto, pero no termina de explicar la base profunda del cambio; los
gustos y preferencias del consumidor no modelan automáticamente la
oferta del mercado.
La
respuesta es sin duda económica: la clave sigue siendo el petróleo.
Con petróleo se hacen insecticidas, fungicidas, herbicidas,
fertilizantes y la mecánica de tractores, riego y transporte. A esto
hay que agregarle la molienda, la cadena de frío y/o sistemas de
conservación y envasado. Y como
el petróleo es cada vez más costoso el
sistema económico internacional - impasible en apariencia - ya
está anticipándose a la crisis que se avecina desempolvando la antes
desdeñada agricultura orgánica.
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