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Hemingway, Literato y Pescador

Él célebre autor de “Adiós a las armas” y “El viejo y el mar” nos entrega un relato vivencial de una pesca de truchas en Europa.

Ernest Hemingway, el gran escritor norteamericano, Premio Pulitzer (1953) y Premio Nóbel en Literatura (1954), autor entre otras grandes obras de “Adiós a las armas”, “Por quién doblan las campanas” y “El viejo y el mar”, fue un enamorado de la caza y la pesca. Realizó numerosas expediciones de caza mayor en el África, y en el mar obtuvo impresionantes records de pesca de altura.

Hemingway nació en Oak Parks (Ilinois) en 1899 y murió en Ketchum (Idaho) el 2 de julio de 1961. En su juventud fue corresponsal de la guerra y un viajero incansable. Durante la Guerra Civil Española no ocultó sus simpatías por la causa de los republicanos, a raíz de lo cual fue tildado comunista. También admiró a Fidel Castro al comienzo de su gobierno, aunque después su entusiasmo por la Revolución Cubana se fue enfriando notoriamente.

"El viejo y el mar”, obra publicada en 1952, narra la historia de un viejo pescador y su lucha con un gran pez, en alta mar. En ella Hemingway revela su profundo carió por la pesca deportiva y un gran conocimiento de la técnica. En 1964, tres años después de su suicido (se mató de dos tiros de escopeta) aparecieron dos obras inéditas del autor. “París era una fiesta” donde hace recuerdos de su juventud y “Enviado especial” que es una compilación de sus mejores artículos periodísticos.

“La pesca de la trucha en Europa” figura en dicho volumen, pero antes fue publicado (17 de noviembre de 1923) en el “Star Weekly”, periódico de Toronto, Canadá.

Ernest Hemingway mantuvo una gran amistad con Michael Lerner, el primer presidente y fundador de la Internacional Game Fish Association (IGFA), institución de la que el escritor fue vicepresidente en 1935.

LA PESCA DE LA TRUCHA EN EUROPA

(Del Star Weekly, de Toronto, 17 de noviembre de 1923)

Bill Jones visitó a un financiero francés que reside cerca de Deauville y tiene un arroyo de truchas propio. El hombre de negocios estaba muy gordo y su arroyo de truchas muy desmedrado.

Estaba tomando una taza de café; el visitado dijo amablemente:

-¡Monsieur Jones, quiero mostrarle nuestras truchas! En Canadá abundan mucho, ¿no es así? ¡En Normandía también se pesca mucha trucha! Se sorprenderá cuando lo vea. Quiero mostrárselo.

El financiero en cuestión era un hombre muy conciso; su idea de mostrar a Bill la pesca significaría que éste miraría mientras el otro pescaba. Empezaron. La escena resultó violenta en extremo.

Si se hubieran puesto juntas todas las artes de pesca se hubiese podido llenar la estantería de una tienda de objetos de deporte. Empalmadas unas con otras, sus cañas de pescar hubieran llegado hasta París o mucho más lejos. El valor de dichas cañas convertido en dinero hubiera hecho una substancial mella en la deuda interaliada o sido suficientemente para fomentar la revolución en Centroamérica.  

El visitado cebó el anzuelo con una magnífica mosca artificial. Transcurrida dos horas pescó una trucha; estaba entusiasmado porque era un hermoso y bien proporcionado ejemplar y medía cinco pulgadas y media; pero tenía unas raras y negras manchas en los lados y el vientre.

- Me parece que no está sana – dijo Bill

- Con que ¿le parece que esta hermosa trucha no está sana? ¡Es magnífica! ¿Es que no ha visto cómo he bregado con ella para poder capturarla? – exclamó el financiero, con desazón, mientras la sostenía en la regordeta palma de su mano.

- Pero ¿y esas manchas negras? – insistió Bill

- ¿Estas manchas? ¡Bah, eso no es nada! O puede que sean gusanos. Vaya usted a saber. Todas las truchas que hemos pescado en esta temporada son así. ¡Verá qué sabrosa es cuando ala hora del almuerzo!

Si acaso fuera la proximidad de Deauville lo que echaba  a perder el arroyo de truchas del mencionado financiero. Pues esta población viene a ser una mezcla de Quinta Avenida, Atlantic City y Sodoma y Gomorra. Ese balneario se ha hecho tan popular que las personas verdaderamente distinguidas ya no concurren a él, y las que concurren no hacen si no competir unas con otras para ver quién gasta más, y dicen ser duques, duquesas, púgiles famosos, millonarios griegos o hermanas Dolly.

España, Alemania y Suiza son los países europeos en que abunda la trucha. El mejor sitio para pescarla quizá sea España y particularmente Galicia. Luego, siguen Alemania y Suiza.

En Alemania cuesta mucho obtener permiso para pescar debido, a que todos los sitios de pesca están dados es arriendo todo el año. Si se quiere sacar allí hay que pedir primeramente permiso al arrendatario, luego al Ayuntamiento y finalmente al arrendador.

Todo este trámite no es posible cuando se dispone sólo de quince días para dedicarse a este deporte, pues se pasan gestionando la autorización. Más práctico es coger la caña y ponerse a pescar donde haya un buen arroyo. Si alguien presenta una demanda contra uno, se arregla con marcos; si la policía se queda satisfecha del todo, cesan de momento las demandas ya uno le permiten que continúe pescando. Pero acabará uno en un hospital o en la cárcel si el unto de rana se termina antes que hayan cesado las reclamaciones. En una situación así conviene llevar un billete, y casi todos darán nuestras gratitud extremada y aparecerá en su mente la imagen del solícito y largo calcetín alemán de punto tupido: el Banco Alemán de Ahorros del Sur.

Empleando este método y obteniendo autorización para pescar, pudimos clorar el anzuelo en todos los arroyos dela Selva Negra. Con la mochila y la caña a cuestas, recorrimos todo aquel paraje; unas veces parábamos en las altas cordilleras y en las onduladas cimas de las colinas, y otros frondosos pinares, calveros y corrales de granja. Luego proseguíamos nuestros caminos sin ver una alma viviente, excepto algún roedor de bayas y demás frutos silvestres con aspecto selvático. A pesar de carecer de toda orientación, no nos perdimos; de vez en cuando descendíamos de las montañas al valle en busca de un arroyo. Tarde o temprano todo arroyo desembocaba en un río, y todo río significaba una ciudad a su orilla..

Al llegar la noche nos alojábamos en pequeñas posadas; algunas de ellas estaban situadas tan lejos de la civilización, que sus dueños aún no se habían enterado de la vertiginosa devaluación del marco, por lo que continuaban manteniendo los precios antes en sus establecimientos. En un sitio el hospedaje completo costó menos de diez centavos canadienses al día.

Un buen día salimos de Triberg y nos encaminamos por una carretera que corre hacia las tierras altas; allí vimos la Selva Negra en toda su extensión y descubrimos una cadena de colinas en la lejanía; eso nos hizo suponer que un río corría por el  pie de ellas. Tomamos por un atajo de las tierras altas y llanas y descendimos por el bosque umbroso y fresco como el interior de una catedral un día de agosto, a los valles. Monté la caña de pescar y, mientras Mrs. Hemingway estaba sentada al pie de un árbol y vigilaba los caminos que pasaban por allí, capturé cuatro excelentes truchas; cada una de ellas pesaba unos tres cuartos de libra. Luego continuamos nuestro camino valle abajo. El arroyo se ensanchaba, y Mrs. Hemingway cogió la caña y yo busqué un sitio apropiado para vigilar.  

young Hemingway fishing

En el transcurso de una hora poco más o menos pescó seis truchas; tuve que abandonar el puesto de observación y bajar a ayudarle a sacar dos ejemplares del agua. Había pescado una grande; después de haberla metido en la red, levantamos la cabeza y vimos a un viejo vestido de paisano que estaba observándonos desde el camino.

- Buenos días – le saludé

Nos devolvió el saludo, y preguntó:

¿Cómo va la pesca?

- Muy bien.

- Bueno – respondió el anciano -; es conveniente que hay quien pesque.  

Y prosiguió su camino. Si hubieran sido los labradores de Oberprechtal, donde habíamos conseguido la licencia para pescar, habrían bajado con la orca al  hombro por el valle y nos habrían echado del arroyo por ser extranjeros.

En Suiza descubrí dos valiosos cosas relativas a la pesca de la trucha. Estaba yo pescando en un arroyo que corre paralelamente al Ródano y cuyo caudal era alto y turbio por la fusión de las nieves. Como la mosca artificial no era apropiada, cebé el anzuelo con una carnada de gusanos que se movían formando vueltas y retornos; al parecer, era una fina y jugosa carnada. A pesar de ello, las truchas no picaban y ni el sedal se movía.  

Un viejo labrador del contorno se paseaba por detrás de mis espaldas. Dada la experiencia adquirida en ese entretenimiento, sabía yo que el arroyo estaba lleno de truchas y me sacaba de quicio cada vez más al ver que no pescaba ninguna. La presencia de una persona detrás del que está pescando causa la misma desagradable sensación que estar escribiendo una carta a la novia y tener alguien detrás que mira por encima del hombro el escrito. Decidí sentarme y esperar a que el italiano se retirase. Mas se sentó a mi lado; su rostro se asemejaba a un zaque. Le dije:

- Hoy es un mal día para pescar, abuelo.

- Lo será para usted – respondió el hombre respetuosamente.

- ¿Por qué? ¿Y para usted no acaso?

- No contestó el viejo con seriedad- Usted no pesca porque desconoce el arte de pescar con carnada de gusano.

Y hecho un salivazo al agua. Eso vino a hacer una leve afrente a uno que en su adolescencia había usado un pegote de gusanos como carnada y así capturado las truchas a unas cuarenta millas del Soo. Respondí:

- Usted es una persona de edad; por tanto, debe tener mucha experiencia acumulada y un gran conocimiento de pesca con la carnada de gusano.

Esto debió agradarle y dijo:

- Deme la caña.

Casi me la arrebató de las manos; quitó aquella carnada de gusanos que se movía formando vueltas y retornos del anzuelo; eligió un gusano de tamaño medio de los que guardaba en la caja; lo puso en el anzuelo del 10; dejó unas tres cuartas partes del cuerpo del animal colgando, y dijo con satifacción.

- El cebo debe ser así.

Devanó el sedal hasta unos seis pies de largo y caló un sitio de la orilla donde la corriente formaba un remolino. No sucedió nada. Lo sacó lentamente y volvió a  a calarlo un poco más hondo. El extremo de la caña se encorvó; la inclinó ligeramente. Después dio un tirón, sacó el anzuelo rápidamente y lo hizo pasar por encima de su cabeza produciendo un sonido trémula como un poste de línea telefónica.

young Hemingway fishing

Me eché encima de la trucha; media unas quince pulgadas y dada fuertes sacudidas. El viejo italiano me devolvió la caña, y dijo:

- Aquí tiene una, joven. De esta manera hay que pescar con esta clase de cebo; es necesario que el gusano se mueva en el anzuelo. De ese modo, la trucha muerde la parte que se mueve y acaba tragándoselo con anzuelo y todo. Tenga una experiencia en esto; llevo unos 20 años pescando en este arroyo. La trucha huye si ve mas de un gusano. Esto ha de hacerse normalmente.

- Tome la caña y continúe pescando – le dije.

- De ninguna manera. Sólo pesco de noche – respondió sonriendo el anciano-. Es demasiado costoso pedir autorización para pescar.

Pero que uno estaría vigilando por si se presentaba el guardia del arroyo mientras el otro pescaba. Y, turnándonos cada vez que uno pescaba una trucha, estuvimos de pesca todo el día y capturamos dieciocho piezas. El viejo italiano conocía todos los sitios donde las había grande; cada una pesaba una libra y media aproximadamente.

También me enseñó el arte de pescar con la larva; este cebo se emplea solamente en aguas claras y es una carnada mortal para el pez. Estas larvas se hallan en troncos podridos de árboles; suizos e italianos nacionalizados suizos las guardan en una pieza de madera plana, llena de  agujeros hechos con barrera y cubiertos con una corredera metálica. De esa manera, la larva vive en las mismas condiciones que en el tronco del árbol podrido y es la mejor carnada para la época estival, porque la trucha acude sólo a la larva durante los calurosos días de agosto.

Los suizos preparan muy bien este tipo de pescado: lo ponen en una vasija con poco agua y así se empieza a hervir le añaden un poco de vinagre, pimentón y laurel, dejan que hierva hasta que se pone azul. Preparada de esta manera, conserva su sabor mejor que cualquier otro procedimiento culinario; su carne resulta dura, picante y sabrosa, y se sirve con manteca de vacas derretida y se acompaña con vino blanco de Sión.

Este plato es poco conocido en los hoteles. Hay que ir a la aldea para comerlo. Después de haber pescado, se dirige uno a un chalé y pregunta si saben preparar la trucha de modo que se vuelva de color azul; si no, se va al chalé siguiente. Si contestan afirmativamente, entonces toma uno asiento en el portal, junto con los chiquillos y las cabras de la casa, y espera. El olor le avisa que la trucha está hirviendo. Apoco, se oye saltar un tapón; han descorchado la botella de Sión. El ama de la casase acerca ala puerta y dice.

- Monsieur, ya está preparada.

Entonces puede usted retirarse, que yo me encargo de lo demás.

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