LA BARBARIE.- Cientos de miles de peces, cetáceos
y aves mueren cada año en el Cantábrico y el Mediterráneo a causa
de las redes de deriva. Cuatro países comunitarios son los culpables
de esta mortandad al autorizar a sus barcos a utilizarlas. Los
permisos se conceden pese a que la ONU pidió una moratoria
internacional que entró plenamente en vigor el 1 de enero de 1993.
Greenpeace se ha echado de nuevo al mar para pedir su prohibición.
Desde el pasado lunes recorre seis puertos del Norte. A partir de mayo
trasladarán su protesta al Mediterráneo. En la singladura le acompañan
pescadores y deportistas naúticos. Los ministros de Pesca de la UE
abordarán el fin de este arte de pesca en el próximo consejo del día
ocho de junio.
GUSTAVO CATALAN DEUS
Las cortinas de la muerte siguen diezmando los
mares. El uso y abuso insostenible de las capturas de estas redes, es,
sin embargo, ilegal. La ONU pidió a todos los países una moratoria
sobre su uso, que tenía que ser aplicada como máximo el 1 de enero
de 1993. Tras cinco años, todo sigue igual.
Especialmente grave es lo que ocurre en los mares
comunitarios. Cuatro países de la UE (sinónimo de países
desarrollados) se han burlado desde entonces de la ONU. Italia,
Francia, Reino Unido e Irlanda siguen autorizando que cerca de 900 de
sus barcos pesqueros faenen con estas mortíferas artes de pesca en el
Cantábrico y en el Mediterráneo. En el primer caso, más de 200.000
animales mueren inútilmente al año. En el segundo, la cifra se eleva
a 130.000.
Las redes de deriva son un arte de pesca
relativamente moderno. Gracias al abaratamiento del nailon, su
fabricación realizada en países asiáticos es económica. Con ellas,
los pescadores cuentan con un arma muy eficaz y letal para la pesca.
Suspendidas en medio del océano durante la noche, caladas desde la
superficie a seis u ocho metros de profundidad y extendidas a lo largo
de kilómetros, son como una muralla china impenetrable para la fauna
marina.

Un pequeño barco, con muy poca tripulación logra
capturas inimaginables hasta el momento. Cuando se iza la red por la
mañana, miles de peces que circulaban libremente en su medio para
procurarse sustento aparecen enmallados y muertos entre sus rombos.
Desde simples medusas -alimento de las tortugas- a inmensos
cachalotes. Todos los peces mueren o quedan malheridos. Los que forman
parte de la especie que se ha ido a capturar, pasan a la bodega; los
otros, son arrojados por la borda... como basura.
Muerte del mar Y todo ocurre a muy pocos kilómetros
de nuestras costas. En los mismos lugares adonde acuden los pescadores
españoles, que tienen prohibido usar estas redes y que aseguran que
no lo harían, porque ello significaría «la muerte del mar».
El caso más flagrante de desobediencia a la ONU lo
protagoniza Italia, le sigue Francia, Reino Unido e Irlanda. El primer
país mantiene una flota de 750 embarcaciones con base en Sicilia y Nápoles
esquilmando el Mediterráneo Occidental. Francia tiene casi un
centenar de barcos entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Reino
Unido las ha disminuido a siete. Irlanda las ha reducido a ocho.
Greenpeace nuevamente lidera la lucha contra un
sistema insostenible de pesca. Lo hace desde que en 1983 descubrió en
medio de Pacífico una red de 43 kilómetros de longitud. Tras años
de denuncia, lograron que la ONU se ocupara del asunto, que otras
organizaciones se les sumaran y que los pescadores responsables se
agruparan junto a ellos en esta batalla, que puede tener buen final el
próximo ocho de junio.
A mojarse Para forzar más, Greenpeace ha
movilizado a uno de sus barcos. Desde el lunes navega por los puertos
del Cantábrico aunando voluntades y provocando movilizaciones. A
bordo no van sólo los barbudos ecologistas: se les han sumado los
presidentes de todas las cofradías del Cantábrico. En cada puerto,
los pesqueros salen a recibirles. En Bilbao habrá una manifestación
naval con el concurso de los barcos de recreo, y hasta en San Juan de
Luz, los surferos acompañarán en sus tablas la singladura del
Greenpeace.
Este barco surcará inmediatamente el Mediterráneo
para hacer algo parecido en contra de la flota francesa que captura atún
rojo, y la italiana, que acaba con el pez espada. Todos ellos con las
cortinas de la muerte.
A instancias del Reino Unido, que ocupa este
semestre la Presidencia comunitaria, los ministros de Pesca de la UE
debatirán la prohibición de las redes de deriva el ocho de junio.
Allí se alzarán las voces de los 11 socios que no las utilizan, y
especialmente la de Loyola de Palacio, que representa a un fuerte
sector pesquero.
Si la UE prohíbe estas artes de pesca, se habrá
dado un paso de gigantes. No sólo porque se respeta a la ONU, también
porque los océanos saldrán ganando. Y especialmente los cientos de
miles de cetáceos, tiburones, mantas raya y tortugas que mueren inútilmente.
Quizá este verano las costas cantábricas y las de
Baleares se vean libres del lamentable espectáculo de ballenas y
delfines varados, envueltos por las mallas de la muerte.

También el Mediterráneo
Las 740 embarcaciones italianas que faenan
ilegalmente con redes de deriva en el Mediterráneo Occidental, son
una plaga. Pese a las reiteradas promesas del Gobierno de Roma de que
acabaría con esta flota -por lo que ha recibido altísimas ayudas
comunitarias-, no ha sucedido así.
Cada primavera, estos barcos acuden a la captura
del pez espada. Calan redes de hasta 12 kilómetros y una vez llena su
bodega de varias toneladas, regresan a puerto. Y vuelven a empezar.
Otros 50 barcos franceses hacen lo mismo con el atún
rojo que desova en el Golfo de Génova. Los localizan con helicópteros
y los cierran el camino con las redes. Y así hasta que se acabe.
Una gran carnicería en la mar
Este periódico ha sido testigo en dos veranos
distintos de la carnicería que sobreviene tras el uso de redes de
deriva. En los dos casos se trataba de barcos italianos faenando en
aguas de Baleares, a unas 30 millas al sur de Cabrera.
En ambas ocasiones Greenpeace les incautó parte de
la red para ser depositada ante el Ministerio de Pesca italiano.
Durante la recogida, EL MUNDO contó las especies atrapadas. En una de
las ocasiones sólo había un pez espada, frente a más de 30
ejemplares de otras especies marinas, que colgaban muertas -salvo en
el caso de una tortuga que fue liberada- de la malla. En la otra ocasión,
tres peces espada se contrastaban a una matanza de más de 50
ejemplares de otros peces.
Los datos que manejan los investigadores son
evidentes: cada año en el Mediterráneo mueren entre 3.000 y 12.000
cetáceos, de 2.500 a 20.000 tiburones, de 1.000 a 8.000 tortugas y
entre 100.000 y un millón de otras especies. Todos mueren
accidentalmente en las redes de deriva.
En el Cantábrico las cifras son también
alarmantes: de 1.700 a 2.500 cetáceos, de 82.000 a 120.000 tiburones,
200 tortugas, 300 aves marinas y más de 100.000 ejemplares de otras
especies.
La Comisión Ballenera Internacional considera que
el volumen de estas capturas de cetáceos es insostenible. Otros
expertos aseguran que la muerte de delfines listados tendrá efectos
irreversibles sobre esta especie. En el caso de los tiburones, los biólogos
marinos piensan que la luz roja se ha encendido hace mucho.