DIEGO, UN COMPAÑERO DE PESCA PARA TODA UNA VIDA
Corría el cálido verano de febrero de 1999. Me
encontraba de vacaciones, junto a mi querida familia,
en el fundo de mi gran amigo y compañero de pesca,
César Poblete. Disfrutábamos de la hospitalidad que lo
caracteriza. Nos encontrábamos en los alrededores de
Lautaro, IX región de Chile. El hermoso predio se
ubica a orillas del río Cautín, el que mantiene una
buena población de truchas, no de gran talla, pero
bastante entretenidas de pescar y luego soltar,
pensando en una próxima salida y la suerte de otros.
Me inicié en la Pesca con Mosca desde hace
aproximadamente 15 años, por lo que no es raro que
toda vez que me mencionen la posibilidad de truchas,
me haga de caña y moscas y las incluya en mi equipaje.
Sin importar el lugar. Esta no fue la excepción. Pero,
como el viaje era en familia, incluí cañas para mis
hijos, con el objeto de iniciarlos en esta actividad
tan apasionante, entretenida y sana.
Corría uno de esos días de vacaciones, en los que me
iniciaba caña en mano desde las 7 de la mañana, y en
los que la palabra suerte estuvo siempre a mi lado.
Suerte, pues no creo ser un experto en la materia, tal
cual confiesa mi amigo pescador y anfitrión en su
campo. Siendo la excepción que confirma la regla, dos
truchas de aproximadamente 40 cms. quedaron mal
enganchadas, por lo que no fue posible devolverlas
vivas al río. Ello me obligó a llevarlas a casa,
motivando una reacción en mi hijo mayor -- 5 años --
que no pude más que mirar con satisfacción: ¡pescar a
toda costa! Le señalé que cuando visitáramos el río
para disfrutar de un baño, junto a la mamá y toda la
familia, llevaríamos su caña y probaríamos suerte.
Ello fue el resorte para que con una frecuencia no
mayor a 10 segundos, repitiera intermitentemente,
"¿Cuándo nos vamos al río papá?"
Iniciada la tarde y luego de un buen almuerzo, nos
dirigimos todos al río. Mi hijo brincaba a mi
alrededor. Deseaba, insistentemente, ir a pescar. En
tanto, mi esposa lo regañaba dulcemente, pues la misma
pregunta se había repetido miles de veces... Alrededor
de las 5 de la tarde llegó su hora. Le expliqué
subiríamos un corto tramo, río arriba, para lo cual
preparé su caña. Era para niños. Casi de juguete. Até
un spinner al extremo del sedal. Diego es aún muy
pequeño para enseñarle las maravillas de la pesca con
mosca. Algunos pocos años más pensaba...
Recorrimos aproximadamente 100 metros desde donde se
encontraba la familia. Comencé con lances cruzados,
atravesando la corriente. Le enseñaba a mi hijo. Era
su primer día de pesca en el río, razón por la que era
yo quien oficiaba lanzando el señuelo, y mi hijo
recogía junto al carrete. Intenté luego, variar
nuestros roles: él lanzaría el señuelo y yo lo
recogería. Fue un trabajo relativamente duro, por
cuanto Diego deseaba ansiosamente sentir la picada de
una trucha. Le enseñaba que todo pescador debía tener
infinita paciencia. Primera regla que aprender.
Al correr de una hora, mi hijo buscaba a orillas del
río, cangrejos y sapitos que lo entretuvieran. Yo
ejecutaba a la vez, lances junto al señuelo, sin poder
olvidar mi caña mosquera en la casa patronal.
Repentinamente sentí un brusco tirón, para
posteriormente vitorear el brinco de una linda trucha
arcoiris. Al intentar engancharla mejor, me percaté
que el carrete de juguete de Diego se desarmaba.
Rápidamente lo arreglé, para luego iniciar una dura
pero hermosa batalla.
Al señalarle a Diego que algo se encontraba al extremo
de la línea, me di cuenta que él se ubicaba con la
mitad de su cuerpo en el río, intentando atrapar al
pez. El susto fue mayúsculo. Difícil de explicar con
palabras. El grito que proferí, lo paró en un
instante. En el intertanto, proseguía la pelea junto a
la trucha, la que tardaría cerca de 5 minutos. Pasados
algunos instantes, recabé en el hecho de que la pesca
era de mi hijo y no mía, por lo que le entregué su
caña para que disfrutara junto al ejemplar. Lo hizo
con bastante esfuerzo y un tanto asustado, pero
finalmente pudo cobrarla.
La expresión de Diego, al tener el pez en sus manos,
era indescriptible. Yo retrocedía 30 años, recordando
la primera oportunidad en que mi padre me había
llevaba a pescar. Era hora de regresarla al río, pero
al observar su expresión de niño, no tuve las fuerzas
para quitársela y devolverla. La llevamos a casa.
El trayecto de regreso fue estimulante. Diego relataba
con alegría su aventura a primos y tíos, mientras mi
pecho, se hinchaba tanto como podía. Una vez en casa,
pesé la trucha, para con gran sorpresa comprobar que
alcanzaba a 1 kilo y 200 gramos. Bastante mayor que
todas aquellas que había pescado y regresado las
mañanas anteriores. La preparé, y gustoso invité e mi
hijo a unirse junto a los adultos aquella noche, para
disfrutar de su sabor. Era su trucha y parte de mi
enseñanza indicaba que, "lo que uno pesca y mata...
debe comerlo".
Ya avanzada la noche y en amena charla junto mi
querida esposa, ella señaló: "Diego nunca se despegará
de tu lado". Fue sólo entonces cuando me percaté de
que había encontrado al "Compañero de Pesca de Toda
una Vida". A contar de aquel minuto y a diario, pesqué
muy temprano cada mañana, acompañando a Diego todas
las tardes. El río le proveyó con dos a tres hermosas
truchas más, las que regresamos a su cauce, no sin
antes tener una conversación profunda sobre el tema de
la devolución y el cuidado de la naturaleza.
Sebastián, el menor de mis hijos y con sólo tres años,
ha también solicitado su caña. Heredará la de Diego,
héroe de este relato, a quien obsequiaré una para
adulto junto a un buen carrete. Lo merece.
Pronto vendrá la Pesca con Mosca. No puedo esperar...
Víctor Fuenzalida M.
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