|
Estimados amigos,
Espero este relato sea de vuestro agrado
y sea compartido por todos.
Atte.
Raúl Sommariva
Río Gallegos - Provincia
de Santa Cruz -
Patagonia Argentina
El engaño clavado en su boca
Antes de ir a pescar, muchas
veces hablamos con nosotros mismos. Distraídos y desde nuestro interior
sorpresivamente el instinto avisa donde se encuentran – ¡no es lejos! La
trucha espera -, su voz sin salida muchas veces dice la verdad...
Es entonces cuando todo comienza a vibrar, la alegría brinca de
contenta. Una maraña de ideas te aleja del despelote, en una fracción de
segundo el rumbo se acomoda buscando el destino...
Tomé el volante y comencé a viajar. Las piedras que "muerden" los
neumáticos vuelan, el ruido produce una sinfonía arrítmica... los golpes
no duelen, el chasis se afirma al camino.
¡Qué placer! otra vez en el río...justo en el lugar desde donde la
intuición había llamado.
Estacioné de trompa apuntando al viento. Desenrosqué la alfombra detrás
del Defender sobre los puntados coirones amarillentos, quemados por las
primeras heladas. Desplegué la silla para acomodar mis huesos y
articulaciones, en posición sentado, antes de meterme dentro de wader.
Saqué del bolso impermeable los zapatos de vadeo, llenos de arena
endurecidos del frío. La felpa antideslizante abierta y despegada de las
puntas de sus suelas, confirman el uso y el desgaste de toda una
temporada.
La idea de limpiarlos en la orilla podía alertar al pez. Sabía que él se
escondía justo de este lado y que, en las heladas mañanas de otoño "las
grandes buscan aguas bajas" donde los primeros rayos de sol templan la
atmósfera.
No era necesario meterse... esta mosca va despedir la temporada, "así
pensé..."
En el medio del río una gran piedra partía la superficie, dejando dos
surcos al chocar, las ondas rápidamente desaparecían bajando la
corriente... todo estaba saliendo como había planeado, era el último día
de tantas jornadas.
Listo, analicé el modo en poner la mosca por un costado de la roca.
Conocía la táctica, una de las más antiguas y eficientes como para poder
sorprender a la astuta trucha desde afuera.
Sin ser visto, me ubiqué en una posición donde mi sombra no reflejaba
"la presencia extraña" del intruso. De un solo lanzamiento la línea se
extendió prolijamente... el gran pez se sobresaltó, sin embargo de un
mordisco dio vueltas y comenzó a huir furioso por el engaño
clavado en su boca.
Raúl Sommariva
Abril/2003
|
|